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Érase una vez...

Cuentos para niños

[Fábrica de sonrisas]

[Fábrica de sonrisas] Salió de casa bastante enfadada. Se había levantado con la hora justa, iba a llegar tarde al trabajo y para colmo estaba lloviendo. Esa mañana ni siquiera desayunó, y todo el mundo que la conocía sabía que si Julia no desayunaba, el día le iría fatal.

 

 

Salió del portal. Abrió el paraguas y se dispuso a andar. Iba ensimismada en sus cosas cuando, de repente, miró al frente. Un extraño que caminaba en sentido contrario al de ella, le sonrió. El día de Julia cambió y resultó ser una maravilla.

 

 

Ese extraño era Pedro, un chico de unos 27 años, apuesto, alto y con una gran sonrisa pintada en la cara. En el pueblo, nadie sabía nada de él, pero todo el mundo le conocía.

 

 

Le decían el “sonrisas”. Se pasaba el día caminando, con una sonrisa brillante y espectacular en su cara. Nadie podía explicarse el por qué de su permanente sonrisa. Y mucho menos se explicaban cómo conseguía alegrar el día a aquellas personas que recibían su sonrisa.

 

 

Sólo había una persona en todo el pueblo que sabía su verdadera historia:

 

 

-¿Qué tal Pedro? ¿Has sonreído a mucha gente? –Le preguntó Sofía.

 

-Pues la verdad es que sí… ¡No puedes imaginarte la cantidad de personas que están tristes en este pueblo! –Respondió Pedro.

 

-Se preocupan demasiado… El trabajo, el amor, los hijos, los complejos… A cualquier cosa le atribuyen un problema.

 

-Sí… Y lo peor de todo es que no se dan cuenta de la suerte que tienen por el simple hecho de estar vivos. V-I-D-A… ¿Te has dado cuenta de lo bonita que es esta palabra?

 

-Sí, pero su significado lo es más.

 

-Mucha razón tienes. Bueno, a mí no me importa seguir sonriendo a la gente. Es un simple gesto por mi parte… y consigo que una parte de ellos cambie para que puedan conseguir la felicidad.

 

-Cada día estoy más contenta de haberte conocido.

 

 

Pedro y Sofía se despidieron. Pedro se tenía que ir a trabajar. Y éste era su gran secreto: trabajaba en una fábrica de sonrisas. Allí, la magia florecía en cada rincón. Podían ver quiénes necesitaban una sonrisa para ser un poco más felices.

 

 

Daban clases para aprender a sonreír con magia. Aprender a tener una risa contagiosa y verdadera. Y, ¿sabéis quiénes eran los profesores? ¡Los niños! Y es que no hay sonrisa más sincera que la de un niño.

 

 

Pedro y sus demás compañeros mágicos iban cada día por las calles del pueblo sonriéndole a la gente que necesitaba de su magia. Poco a poco, consiguieron que todos los habitantes fueran felices.

 

 

Un día, la fábrica, sus empleados y Pedro desaparecieron. Sofía nunca lo volvió a ver. Se dice que se trasladaron a otro lugar, para poder ayudar a otras personas a que sean más felices.

 

 

Si mañana alguien te sonríe por la calle, ya sabes dónde está Pedro y su fábrica de sonrisas.

 

[Lágrimas de plata]

[Lágrimas de plata] -¡Cuéntame otro cuento! -Exclamó Bea.
-¿Otro?
-¡Sí! ¡Otro!

Pero Javier esta vez ya estaba preparado ante tal petición. Había estado pensando un cuento para su hermana pequeña desde la última vez que se lo pidió. La vez anterior tuvo que improvisar uno, sobre una amistad entre una ballena y un tiburón. Y no le salió tan mal.

-Está bien. Pero no quiero que haya interrupciones, ¿de acuerdo? Que si no me desconcentro.
-Vale.

“Hace mucho tiempo, cuando los hombres se llevaban bien, cuando los dioses no habían abandonado la tierra y paseaban entre nosotros como unas personas más, cuando las guerras no existían, se dio una historia de amor. Un amor verdadero. Un amor, con tales sentimientos, que jamás se repitió.

Fue en un pueblo pequeño, bañado por la inmensidad del mar. Durante el día, el mar se alejaba de los habitantes del lugar para que pudieran hacer sus vidas con total normalidad, sin ser interrumpidos con el vaivén de sus olas. Durante la noche, se mostraba en toda su plenitud. Sus aguas crecían e inundaban parte del pueblo (aunque los ciudadanos ni se inmutaban).

El mar pensaba que no era observado por los hombres, que podía hacer lo que quisiera. Podía llevar a sus arrecifes de corales hasta la orilla para que vieran lo que había en el exterior. Podía dejar que todos los animales que habitaban en ella salieran a pasear sin temor a ser pescados. Y no se equivocaba. Al menos, no del todo. Había alguien que durante la noche no descansaba. Se quedaba en vela sólo para ver esa actuación tan maravillosa de las olas.

Era la luna, que desde aquella distancia tan lejana se dejaba embriagar por el delicioso olor que desprendía el mar. Lo observaba todas las noches, sin que él lo supiera. Pero, sin darse cuenta… ¡Se enamoró de él!

“Dios… ¡Qué horror vivir un amor tan desafortunado! ¿Qué voy a hacer yo ahora, sin poder rozarle puesto que estoy muy lejos y sin ni siquiera poder explicarle que por él vivo y por él muero porque jamás me oirá?”
Se lamentó la luna. Era tan grande el dolor que sintió, que las lágrimas brotaron de sus ojos como si de un diluvio se tratara.

Sus lágrimas eran de plata y tenían poderes maravillosos. Cayeron sobre los campos y consiguió que la cosecha fuera magnífica todo el año. Cayeron sobre los ríos, y la sequía se acabó. Algunas de esas lágrimas, cayeron sobre el mar y lo dotó de una larga visión y de un afinado oído. Podía escuchar sonidos que estaban muy lejos de este planeta. ¡Tan lejos como estaba la luna!

“Qué lamento tan desagradable… ¿Quién estará llorando de esa manera? ¿Qué dolor tiene en sus adentros que le amarga tanto?” El mar miró hacia arriba y vio a la luna. Vio como las lágrimas de plata caían de sus tristes ojos.

-¿Por qué lloras, amiga luna? –Preguntó el mar.
-Pero… ¿acaso puedes verme? ¿Acaso puedes oírme? –Se extrañó la luna.
-Claro que sí. Ese lamento tan sentido se puede oír a miles de leguas de aquí. Pero dime, ¿qué te atormenta tanto, preciosidad de plata?
-El amargo sabor de tener que vivir un amor desafortunado. Un amor no correspondido.
-¿Con el sol? ¿Le has explicado tus sentimientos? Seguro que él también siente lo mismo por ti.
-No… Con el sol no. Es con alguien que está muy lejos de mía. Alguien que jamás podré rozar, que jamás podré besar, que jamás podré estar junto a él.
-Vaya… Entonces sí que es triste ese amor. Pero aún así, pienso que si no has hablado con él deberías hacerlo. Tal vez, te lleves una sorpresa.
-Tienes razón… ¡Eso voy a hacer ahora mismo! Ese amor que me trae por la calle de la amargura… Eres tú, mi amado mar. Te observo cada noche. Veo como te engrandeces cuando yo aparezco por encima del horizonte. Veo como tus olas llegan hasta casi las calles del pueblo. Veo los paseos de los peces, los juegos de los arrecifes… Te veo a ti. Veo cómo sonríes, cómo te muestras majestuoso ante la oscura noche. Y no he podido evitar enamorarme de ti y de tu grandeza.
-Pues sécate esas lágrimas. Sé perfectamente que me observas desde hace meses. Que te quedas todas las noches en vela para ver mis olas. Que suspiras por no estar cerca de mí… Lo sé todo. Yo sufro el mismo mal de amores. Cada noche, intento hacer un espectáculo nuevo para que tú sonrías, para que no dejes de estar enamorada de mí pese a la distancia. Y no sé si lo consigo…

Tras aquella larga conversación, el mar y la luna se juraron amor eterno. Cada noche, la marea del mar sube para que lo vea mejor su amada luna. Y cuando ves la furia del mar en alguna tempestad, es porque el mar está demostrándole todo su amor a la luna. Es entonces, cuando ellos hacen el amor. Alguna vez, cada mucho tiempo, la luna consigue bajar… Y llega a estar en el horizonte, justo encima del mar. Besos, caricias, abrazos, susurros enamorados, se dan en ese instante mágico. Aquello fue un amor verdadero. Y por suerte, hoy aún existe y siguen igual de enamorados que en aquellos tiempos remotos.”

-¡Qué bonito Javi!
-¿Te ha gustado?
-¡Mucho! Yo quiero tener un amor cómo ese. Yo quiero que me quieran de esa forma.
-Bueno, ellos no se quisieron… Ellos se amaron con toda su alma. Pero piensa que yo te quiero más que a nadie, y que por ti lo haría todo.
-Y yo a ti hermanito. La semana que viene otro, ¿vale?
-Por supuesto, mi niña.

[La rana que no sabía croar]

[La rana que no sabía croar] No hace mucho tiempo, en un lugar no muy lejano, se encontraba el país de Juglería. Este país era pequeño y en él sólo había vegetación y fauna. A simple vista puede parecer un país muy aburrido. Pero sus habitantes eran muy singulares.

Como he dicho antes, sólo había vegetación y fauna. ¡Pues éstos eran sus habitantes! Los árboles, las plantas, las flores, las abejas, tortugas… vivían en casas, hablaban, hacían la compra y todo igual como nosotros.

Las largas jirafas tenían una casa enorme. Y arriba del todo, más allá de las nubes, se encontraba el tejado de sus casas. En el tejado había una pequeña ventana por donde sacaban las cabezas y observaban todo su pequeño país. Las aves les hacían visitas de vez en cuando. El resto de animales, preferían hablar con las jirafas en el parque, puesto que en su casa, al estar tan alto todo tenían que hablar a gritos y terminaban afónicos.

Los delfines eran los más juguetones. Pero también los más irresponsables. No tenían casas. Se pasaban todo el día paseando a lo largo del océano, visitando a sus amigos los cangrejos, las sardinas, las grandes ballenas, etc. No se preocupaban del trabajo. Lo único que les importaba a estos bellos ejemplares era pasárselo bien. En Juglería se oía durante toda la mañana, toda la tarde y gran parte de la noche las risas incansables de los delfines.

Otros habitantes especiales de este país, eran las ranitas. Y en una de éstas ranitas se centra nuestra historia. No había muchas ranas en Juglería. Tan sólo una familia: la familia Croac. La familia Croac estaba compuesta por Verdi Croac, el padre; Rosi Croac, la madre; Stell Croac, la hermana mayor; Peli Croac, el hermano mediano; y Lucy Croac, la pequeña. Era una familia muy bien vista en aquél país. Tenían una gran casa, una buena posición económica, unos hijos que sacaban grandes notas en las mejores escuelas, un verde esmeralda en sus pieles que cegaban a cualquiera… Eran muy envidiados. Pero como en toda familia, había algo que les inquietaba a todos, tanto a los miembros de ella como a los curiosos vecinos: Lucy Croac, no sabía croar.

¿Cómo no puede saber una ranita croar? Nadie lo comprendía. Se pasaba el día en clases para aprender a croar, sus padres estaban todo el día ayudándole… Pero no había forma. Lucy no croaba. Un día, Lucy fue a visitar a la vieja abuela Spell, la mamá de su papá.

-Lucy, querida… ¿Aún no sabes croar?
-No, abuela. ¡Y de verdad que lo intento! Voy a clases, hago todo lo que me dicen mis padres y mis hermanos… Pero nada, abuela.
-Pero no entiendo por qué. Hace tiempo que ya deberías estar croando. Tienes ya dos años y no has hecho el más mínimo ruido…
-Lo sé abuela… Pero me pongo muy nerviosa cuando están con tanto interés. Y con todos esos vecinos curiosos, que no paran de murmurar… Cuando creo que me va a salir, me pongo nerviosa…
-Hmm… Ya sé cuál es el problema. Vamos a hacer una cosa. Te vas a quedar una temporada en mi casa, que está bastante apartada de tu ciudad. Te vas a relajar y vas a jugar aquí todo cuanto quieras. No te voy a obligar a que croes. El día que tú creas que estás preparada, lo harás.

Y así hicieron. La abuela habló con toda la familia y ellos consintieron la marcha temporal de Lucy a casa de la abuela Spell.

Durante el tiempo que estuvo en la casa de su abuela, ni se acordó que no sabía croar. Jugó, saltó, disfrutó... Se olvidó de todo lo que le obsesionaba y agobiaba en su vida con los padres.

Pero el tiempo pasó y tuvo que regresar. Pero no le importó. Cuando llegó, saludó a todos croando. Sus padres y sus hermanos estaban tan sorprendidos que no pudieron reaccionar sorprendentemente.

“¿Véis? No podéis agobiar tanto a una rana tan pequeña. Todo llega. Si no era su hora, pues no lo era y punto. Para la próxima vez, dejadla libre. En mi casa ha jugado y ha disfrutado como una ranita pequeña, que en definitiva, es lo que es. Espero que esto os sirva de lección.”

Dijo la abuela.

[¿Me cuentas un cuento?

[¿Me cuentas un cuento? -¿Me cuentas un cuento?
-¿Un cuento?
-Sí, un cuento.
-¿Y de qué quieres que sea? ¿De príncipes y princesas? ¿De ogros y unicornios? ¿O de una niña traviesa como tú?
-No. Quiero que me cuentes el cuento de la ballena.
-¿De la ballena? No sé ninguno de una ballena.
-Sí que sabes. Intenta buscar dentro de tu cabecita.

Javier no sabía ningún cuento de ballenas. Pero tampoco sabía cuentos de príncipes y princesas, ni de ogros y unicornios. Se le deban fatal los niños pequeños. Pero su hermana estaba en esa edad que no paraba de pedir cosas, como cuentos. Así que tuvo que hacer un gran esfuerzo.

-¡Ah! El de la ballena... ya recuerdo. –Mintió Javier.

Érase una vez una ballena que se llamaba Charlotte, pero le decían Lotty. Lotty era muy juguetona, como tú. Sus padres estaban cansados de decirle que no podía estar todo el día paseando por el ancho e inmenso océano. Tenían que acompañarla siempre al colegio sus padres porque si no se escapaba a ver a sus amigas las mantas, las medusas... Pero Lotty no hacía caso nunca.

-OOOhhhh –Exclamó Bea, la hermana de Javier.
-Ssshhh, que si no me desconcentro.

Le aterraba pensar que un día se podía encontrar con uno de ellos. Pero pese a su miedo, salí cada día a recorrer kilómetros enteros sólo para ver a sus amigos a los arrecifes de coral.

-Y colorín colorado... Este cuento se ha acabado.
-Yo soy como Lotty. Quiero jugar todo el rato y mamá no me deja.
-Jajaja. Porque también tenemos nuestros deberes, Bea.
-Ya... Oye Javi, no se te da tan mal contarme cuentos. ¿Para cuándo el próximo?
-¡Eh! No te pases que demasiado que he accedido hoy y porque me has pillado con el cuerpo tonto. Tal vez la semana que viene haya otro...
-¡Vale!

Javier comenzaba a pensar otro cuento para su hermana pequeña. La semana que viene le leería uno nuevo.